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El campo de nuestra Pampa Húmeda desde siempre ha sido visto como el lugar donde se siembra, se cosecha y se cargaban bolsas sobre camiones. Esa imagen parece cambiar.
El campo del S. XXI se parece mucho más a un laboratorio que a la vieja postal rural. Donde ya los drones sobrevuelan cultivos, la IA junto a otros programas de software ya predicen enfermedades, sensores que monitorean la humedad del suelo, robots que aplican fertilizantes con precisión milimétrica y satélites que analizan el crecimiento de cada lote forman parte de una nueva revolución productiva.
Las empresas agrobiotecnológicas ya no buscan únicamente tractoristas o encargados rurales. Buscan ingenieros en datos, especialistas en automatización, desarrolladores de software agrícola, expertos en biotecnología, operadores de drones, analistas de imágenes satelitales y profesionales capaces de integrar lo nuevo con la producción agropecuaria. Muchos de estos perfiles alcanzan remuneraciones que hace pocos años parecían reservadas al sector tecnológico.
Y aquí aparece la gran oportunidad para la provincia de Buenos Aires. Durante décadas discutimos cómo producir más maíz, del cual se derivan más de 4 mil subproductos que pueden industrializarse. Por lo tanto, hoy deberíamos preguntarnos quién diseñará los algoritmos que optimicen ese maíz, quién construirá los biodigestores que producirán biogás, quién operará las plantas de bioetanol, quién desarrollará nuevos bioplásticos, quién fabricará biomateriales para viviendas impresas en 3D y quién transformará los residuos agrícolas en fertilizantes, fibras textiles o insumos farmacéuticos.
La verdadera riqueza ya no reside solamente en el suelo. Reside en el conocimiento aplicado sobre ese suelo.
Por eso la educación técnica y universitaria adquiere una importancia estratégica. Las escuelas agrotécnicas, las universidades, el INTA, el INTI y los centros de investigación deben convertirse en el corazón de una nueva política provincial orientada a formar el capital humano que demandará la agrobioindustria.
El desafío ya no consiste en retener a los jóvenes en sus pueblos. Consiste en ofrecerles profesiones del futuro sin obligarlos a emigrar al AMBA o al exterior.
El municipio del S. XXI no deberá limitarse a administrar alumbrado, barrido y limpieza. Debería convertirse en un ecosistema de innovación donde convivan plantas de bioetanol, laboratorios biotecnológicos, industrias de alimentos, centros de elaboración de software aplicada al agro y empresas de robótica agrícola.
Quienes todavía imaginan al campo como un simple productor de materias primas siguen mirando la provincia con los ojos del S. XIX. La verdadera revolución bonaerense no será sembrar más hectáreas… será producir científicos, técnicos, ingenieros y emprendedores capaces de transformar cada grano en conocimiento, industria y desarrollo.
Porque el futuro de Buenos Aires no dependerá de lo que produzca su tierra, sino del talento que sea capaz de formar para convertir esa riqueza biológica en la mayor potencia agrobioindustrial de América Hispana.
Por Luis Gotte
La Trinchera Bonaerense
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